La Odisea del Odio más productivo. ¿Un bardo que rapea o es que Nolan nos trolea?
Que cunda el pánico. O no. El estreno de La Odisea de Christopher Nolan aún está a mes y medio, pero las trincheras ya están cavadas, las banderas desplegadas y los puristas con la lanza en ristre. Las acusaciones vuelan más densas que las flegas de un cíclope: que si el casting woke, que si el lenguaje de andar por casa, que si la agenda transgénero, que si el director se ha vendido a Hollywood para rascar un Oscar. En YouTube, los titulares escuecen: "Sacrilegio hollywoodiense", "Nolan se ha rendido ante la mafia woke", "Zendaya como Atenea es una vergüenza". La maquinaria de la indignación funciona a pleno rendimiento.
Pero, ojo, que algo huele a chamusquina. Porque si hay algo que ha caracterizado la carrera de Christopher Nolan durante los últimos veinticinco años, no es precisamente su sumisión a las corrientes de turno. ¿Acaso Memento seguía las reglas del thriller lineal? ¿Origen se dejó atrapar por la simplicidad narrativa? ¿Dunkerque incluyó cuotas de diversidad forzada cuando retrató la evacuación británica? No. Nolan siempre ha sido un tipo de discurso sólido, a veces enrevesado, a veces frío, pero nunca un pelele del establishment progresista. De hecho, cuando le criticaron por no representar de manera inclusiva al ejército británico en Dunkerque, su respuesta fue tácita y clara: la realidad histórica no se negocia. Entonces, ¿por qué ahora, justo en la adaptación más delicada de su carrera, iba a tirarse a la piscina sin agua?
El casting como señuelo, no como rendición
Hagamos un repaso rápido a las supuestas “prueas” de su conversión. Lupita Nyong'o como Helena de Troya. Una actriz negra interpretando a “la mujer más rubia del mundo”, según reza el mito. Elliot Page, actor trans, en un papel inicialmente rumoreado como Aquiles —luego se aclaró que haría de Elpenor, un guerrero menor—. Zendaya como Atenea. John Leguizamo, el mismo que se quejó de que James Franco hiciera de Fidel Castro, ahora metido a griego micénico. A priori, un catálogo de provocaciones imposibles.
Pero ¿y si todo esto no es una claudicación, sino un señuelo? Nolan no es tonto. Sabe que el ragebait —generar odio deliberado— es hoy la forma más eficaz de marketing viral. No ha invertido un euro en publicidad tradicional que pueda competir con los ríos de tinta gratuita que están corriendo en foros, redes y medios. Que hablen mal de uno, pero que hablen. Y si encima la película cuesta 250 millones de dólares, mejor tener a medio Internet echando espumarajos un mes y medio antes del estreno que pagar campañas anodinas. El odio es promoción, y la promoción es taquilla. ¿Acaso no vimos algo similar con El Señor de los Anillos? Los puristas llevaban años con el alma en un puño tras adaptaciones fallidas, y cuando llegó Peter Jackson, lo petó porque nadie esperaba nada. Las bajas expectativas son, a veces, el mejor colchón para un éxito.
El lenguaje moderno: ¿anacronismo o pista falsa?
Otro de los caballos de batalla es el diálogo del tráiler: expresiones como “let's go”, acentos callejeros, ese “daddy” que ha sacado de quicio a más de uno. Parece que Nolan ha escrito el guion con un traductor automático de TikTok. Pero quien haya seguido su filmografía sabe que este hombre es maniático del control narrativo. No es un descuido. Es una elección tan deliberada que chirría deliberadamente. ¿Y si esos diálogos pertenecen a un nivel de representación dentro de la propia película? Nolan ha declarado que se ha basado parcialmente en la traducción moderna y con perspectiva de género de la escritora Emily Wilson. Y también ha dicho que quiere contar la historia del “primer superhéroe”. Pero de ahí a convertir La Odisea en una película de Marvel de saldo hay un trecho que el director británico no va a recorrer sin trampa.
Mi intuición —y va por cuenta del que quiera escucharla— es que Nolan ha colocado todas las fichas en el tablero para que la audiencia se indigente antes de tiempo, y cuando la película se estrene, se encuentre con algo muy distinto. Quizá una reflexión sobre la propia industria, sobre las adaptaciones vampirizadas, sobre cómo se construye un héroe en tiempos de corrección política. Quizá esos elementos “woke” son un espejo deformado dentro de un universo paralelo, o una crítica velada. No lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que Nolan nunca ha hecho lo que se espera de él. Y eso, al menos, debería invitar a la cautela antes de firmar su defunción artística.
¿Qué pasará cuando se estrene?
Pronosticar es arriesgado, pero me mojo: la película será un éxito de taquilla. No solo porque todo el mundo querrá ver si el desastre es real, sino porque, si Nolan ha hecho bien los deberes, el producto final será más complejo y menos dogmático de lo que anticipan los titulares. Y entonces la misma gente que ahora escupe veneno dirá que siempre creyeron en él. Pasa cada dos por tres.
Lo paradójico de toda esta polémica no es si Nolan se ha vendido o no. Lo paradójico es que, en un mundo con guerras activas, crisis de vivienda y un ocaso civilizatorio en ciernes, nos rasguemos las vestiduras por el color de piel de Helena de Troya o por la estatura de un actor trans. Pero ese es otro debate, y no menor. Mientras tanto, cojan palomitas. El circo está montado, y el director más escurridizo de Hollywood se frota las manos. Porque si algo ha demostrado Nolan a lo largo de su carrera, es que no le gusta jugar con las reglas de los demás. Y esta vez, las reglas las ha escrito él. Que la función comience.
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