La victoria en New York de Zohran Mamdani es el final definitivo de la cultura woke

 

wifi06.11.2025

Durante la última década, la cultura woke ha dominado buena parte del discurso público de la llamada izquierda en Occidente opacando las principal lucha de la izquierda, basada en el cambatir las desigualdades materiales y económicas.

La elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York marca un punto de inflexión histórico. Por primera vez en años, un candidato demócrata que, por cierto, no recibió el apoyo del partido hasta después de ganar las primarias, triunfa no por agitar banderas identitarias, sino por centrar su mensaje en propuestas cuyo principal objetivo es combatir las desigualdades materiales y económicas que afectan de forma negativa a la mayoría de los ciudadanos de la ciudad más importante de EE. UU.: vivienda, transporte, salarios y servicios públicos. Lo hace, además, arrasando con más del 50 % de los votos en unos comicios en los que participaron más de dos millones de personas, una cifra que no se alcanzaba desde hacía veinte años y que dobla la cantidad de votantes de las últimas elecciones.

La llamada cultura woke surgió como una reacción a la ceguera estructural del liberalismo frente a la discriminación. Dio visibilidad a luchas históricas —racismo, sexismo, homofobia, transfobia—. Pero, en el camino, su discurso, basado en la búsqueda de la justicia social, pasó de ser un proyecto colectivo a una gramática moral, más preocupada por el lenguaje que por las condiciones de vida de la conocida como clase trabajadora.
En universidades, medios y corporaciones, buena parte de la izquierda abrazó una retórica que, pese a aspirar en teoría a transformar el sistema, no implicaba una mejora real respecto a las desigualdades económicas que lo caracterizan y que afectan de forma negativa a la mayoría de la población.

La campaña de Mamdani no giró en torno a pronombres, símbolos o cuotas. Habló de renta congelada, transporte gratuito y cuidado infantil universal.
Su éxito demuestra que las mayorías trabajadoras —multirraciales, diversas, precarias— se encuentran hoy más necesitadas de redistribución real del poder y la riqueza que de gestos representativos.
Durante años, el progresismo estadounidense vivió atrapado en un callejón retórico: todo intento de debatir sobre economía o seguridad era acusado de “reaccionario” o “clasista”. Las redes sociales amplificaron esa lógica binaria en la que cualquier matiz era sospechoso. El resultado fue una fatiga cultural generalizada. Incluso dentro del propio electorado progresista, el wokismo comenzó a percibirse como un código elitista, propio de campus universitarios o departamentos de recursos humanos.

Mamdani supo leer ese cansancio. No desde el cinismo, sino desde la empatía. Entendió que la política identitaria había alcanzado un punto de saturación y que las nuevas generaciones —precarias, endeudadas, agotadas por el costo de vivir en ciudades como Nueva York— necesitaban una narrativa material, no moral, tras una década durante la cual políticos y marcas explotaron la rentabilidad que obtenían gracias a las políticas identitarias representativas.

Lo más sorprendente de su victoria no es que un autodenominado socialista democrático haya conquistado la alcaldía de la ciudad más icónica del capitalismo global, sino cómo lo hizo.
Aunque es el primer alcalde afromusulmán en la historia de Nueva York, Mamdani no se presentó como un “candidato identitario”. No ocultó su fe ni su origen inmigrante —todo lo contrario—, pero tampoco los convirtió en el eje de su narrativa política.

Mamdani ganó con una coalición amplia que va desde jóvenes precarizados hasta sindicatos y colectivos comunitarios. Muchos de sus votantes se consideran progresistas, feministas o antirracistas, pero se sienten desconectados del progresismo corporativo que ha dominado la agenda demócrata en los últimos tiempos.
Su triunfo no puede definirse como una victoria “anti-woke” en el sentido reaccionario del término, sino como una superación dialéctica que absorbe las conquistas de la sensibilidad progresista y, a la vez, las reubica dentro de una lógica de clase.
Mamdani no niega la importancia de la diversidad, pero insiste en que sin redistribución no hay justicia. Esa tesis, en el corazón de su campaña, reordena el mapa ideológico estadounidense: el discurso moral cede el paso a un nuevo realismo social.

Aunque lo ocurrido en Nueva York no es un hecho aislado, la victoria de Mamdani tiene un valor simbólico difícil de igualar: se ha dado en el epicentro del capitalismo cultural occidental. Nada indica que las luchas feministas, antirracistas o en favor de la causa LGTBIQ+ vayan a desaparecer; al contrario, serán más sólidas cuando se articulen con las luchas materiales.

Mamdani ha demostrado que el legado positivo de la cultura woke —su conciencia sobre la violencia simbólica y la exclusión histórica— puede integrarse en un proyecto más amplio, que no se agote en la corrección del lenguaje, sino en la transformación de las condiciones de vida de la mayoría.
Su victoria no tiene que suponer el regreso del movimiento obrero más clásico, sino el nacimiento de una nueva sensibilidad política: una izquierda post-woke, materialista e inclusiva. Una i quierda que entiende que la empatía no sustituye al pan, y que la dignidad no se decreta en un hashtag, sino en la manera en que una ciudad garantiza techo, transporte y futuro a quienes la sostienen.

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Publicado: 31.08.2025

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