wifi03.04.2026
El Síndrome del Vecino Enfadado o la curiosa Inquisición de la Nostalgia
La semana pasada, mientras caminaba por el barrio de Lavapiés, vi a un hombre mayor gritándole a una farola. No estaba loco, simplemente echaba en falta el Madrid de su juventud, aquel donde las calles olían a orines y nadie le discutía su derecho a aparcar donde le viniera en gana. El espectáculo me resultó extrañamente familiar. Horas después, encendí el ordenador y leí las declaraciones de Santiago Segura y Juanma Bajo Ulloa. Y entonces comprendí que la farola del barrio tenía nombre y apellidos: era el cine español contemporáneo. Porque ambos directores, cada uno a su manera, se han sumado a ese coro de voces que se quejan de lo mucho que ha cambiado todo, sin preguntarse si acaso esos cambios no venían siendo necesarios desde hace décadas.
Bajo Ulloa, aquel enfant terrible que hace treinta años nos deslumbró con Alas de mariposa, ha decidido que el momento de resurgir es ahora, y lo ha hecho declarando que el cine español está «totalmente supeditado a la nueva Inquisición woke». Utiliza el término «woke», ese vocablo que la derecha ha convertido en insulto, como si hablar de igualdad, de representación o de sensibilidad hacia los demás fuera una forma de censura fascistoide. «Es una nueva forma de censura extraordinariamente eficaz —clama el director—. Es el propio creador el que vive en una cárcel mental y se autocensura». Escuchar a Bajo Ulloa hablar de cárceles mentales y autocensura cuando ha recibido subvenciones públicas para rodar su última película, El Mal, me produce cierto escozor, la misma incomodidad que siento cuando alguien se queja de la corrección política mientras ocupa un espacio privilegiado en los medios para difundir su malestar.
Pero dejemos al enfant terrible y centrémonos en el otro. Santiago Segura, por su parte, ha decidido no promocionar Torrente Presidente entre la prensa especializada, argumentando que ese primer fin de semana es solo para los fans. Una estrategia que, bajo la aparente defensa del público, esconde algo más turbio: el miedo al análisis, el pavor cerval a que alguien con un mínimo de criterio señale que sus chistes de saldo, sus bromas sobre el aspecto físico de las mujeres y sus caricaturas de la diversidad han quedado más desfasadas que un vídeo de José María Íñigo presentando el Un, dos, tres. «El éxito molesta a la gente envidiosa —ha declarado Segura recientemente— y en España hay tanta envidia como aceite de oliva». Ay, Santiago, si solo fuera envidia. Lo que ocurre es que muchos espectadores, hartos de ver cómo se perpetúan los mismos tópicos rancios bajo el pretexto del humor gamberro, han decidido que ya no les hace gracia. Y eso no es envidia, es simple evolución cultural.
Ambos directores comparten un mismo diagnóstico: el cine español está enfermo, y la causa es esa «nueva Inquisición» que nos obliga a pensar antes de abrir la boca. Curiosamente, ninguno de los dos menciona la precariedad endémica del sector, la dificultad de las cineastas para estrenar sus películas, la escasa representación de la diversidad funcional en las pantallas o los sueldos de miseria que cobran la mayoría de los técnicos. No, el problema, según ellos, es que ahora no se puede decir «negro» sin que alguien se ofenda. Parece mentira que hombres adultos, con trayectorias consolidadas y acceso a los medios, reduzcan la complejidad del mundo cinematográfico a un simple problema de libertad de expresión.
Lo que subyace en este tipo de discursos, me temo, no es más que el síndrome del vecino enfadado. Aquel que ve cómo el barrio cambia, cómo llegan nuevas familias con costumbres distintas, y en lugar de integrarse en la nueva realidad, prefiere quedarse en su portal a gritar a la farola. Porque reconocer que el mundo ha cambiado y que quizá sus viejas formas de hacer humor, de contar historias y de relacionarse con los demás han quedado obsoletas, sería demasiado doloroso. Mejor inventarse una censura imaginaria, una dictadura progresista que lo explique todo.
Mientras tanto, otros creadores, la mayoría mujeres y hombres jóvenes, siguen haciendo cine con cuatro duros, sin subvenciones millonarias, sin la maquinaria mediática de Segura, sin la leyenda de Bajo Ulloa. Y lo hacen desde una ética que no rehúye la complejidad, que no teme al debate, que entiende que el arte no solo debe entretener, sino también interpelar, remover, cuestionar. Esos creadores sí que están sometidos a una verdadera censura: la del mercado, la de la distribución, la de la visibilidad. Pero no les he oído quejarse tanto como nuestros dos ilustres directores. Quizá porque están demasiado ocupados trabajando. Quizá porque saben que la libertad no es gritar lo primero que se te pasa por la cabeza sin asumir consecuencias, sino ser capaz de escuchar al otro, de ponerse en su lugar, de entender que el humor no tiene por qué ser humillación.
Por eso, cuando oigo a Bajo Ulloa o a Segura lamentar la supuesta falta de libertad en el cine español, me acuerdo de aquella farola de Lavapiés. Y me pregunto si no estarán, en el fondo, echando de menos un tiempo en el que podían decir barbaridades sin que nadie les llevara la contraria. Un tiempo, en fin, en el que el mundo se movía a su ritmo. Pero el mundo, queridos amigos, no es una vieja película de Torrente. Es algo mucho más complejo, más diverso y, afortunadamente, mucho más interesante. Y si no están dispuestos a subirse a este tren, allá ellos. Pero que no nos digan que estamos censurándoles. Solo les estamos pidiendo que, si van a gritar a la farola, al menos no molesten a los vecinos que intentan dormir.
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